Mini
Relatos:
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La forma en que la tela se ceñía a las caderas de Elena era
absolutamente perfecta. El vestido era escotado por delante dejando ver
buena parte de sus senos. Una cadena plana plateada era el único
complemento. No necesitaba sujetador. Sus pechos eran firmes y peleaban
con éxito contra la gravedad. Sus pezones, oscuros y grandes, se
marcaban en la fina tela. De hecho el roce más leve hacía que su
protuberancia fuera evidente para cualquiera, pero más aún para Elena
que recibía la caricia del tejido como unos pequeños dedos invisibles
pero siempre presentes. Por detrás el escote era tan bajo que la mujer
se planteaba si llevar un tanga mínimo o incluso prescindir
completamente de ropa interior. Cualquier braga asomaría por el escote
de la espalda. Incluso un tanga sería visible. Esto podía añadir un
elemento de morbo. Una mirada furtiva y el descubrimiento de la
cinturilla del tanga y la evidencia de la tira internándose entre sus
nalgas, con un gracioso lacito y una pequeña perla en el centro, eran
una invitación a perderse por su piel.
No llevar ropa interior era excitante. Cuando vestía faldas cortas
sin llevar bragas Elena sentía la tentación de abrir levemente las
piernas y mostrar su intimidad a los curiosos que hubieran reparado en
su entrada en cualquier local, un restaurante, el metro, si estaba
sentada, o unas escaleras mecánicas en los grandes almacenes.
Indefectiblemente provocaba movimientos de manos masculinas hacia sus
entrepiernas, para recolocar y disimular las pollas que comenzaban a
erguirse, como siguiendo una melodía inaudible que las hiciese bailar en
los pantalones. Y su coñito depilado era el flautista de Hamelin
responsable del cortejo de miradas masculinas que seguían sus
movimientos.
En un encuentro con un hombre éste podía acceder a sus labios y
nalgas con facilidad. La cara de sorpresa al comprobar que efectivamente
nada se interponía a la exploración era muy divertida y añadía calor al
momento en que ella se dejaba recorrer a la vez que iniciaba sus propias
pesquisas por el pantalón de su acompañante.
Después de un buen polvo la sensación del semen goteando, escurriendo
silenciosa y lentamente fuera de su coño o su ano era de los mejores
afrodisíacos que conocía. Era la prolongación del coito, el recuerdo
revivido del encuentro con su amante. La caricia de las gotitas
blanquecinas en sus labios, mezcladas con su propio flujo hacía que la
piel se volviera más sensible. El reguero en los muslos era una caricia
cálida que mantenía su excitación por un largo periodo. Nadie era
consciente de lo que Elena experimentaba en ese instante. Podía estar
comprando el periódico o pidiendo un café en un bar. Sólo ella sabía que
el néctar salía de su coñito mientras todos estaban ajenos a sus
pensamientos y sensaciones. A veces se sentaba en una mesa algo apartada
y mientras ojeaba las noticias llevaba sus dedos bajo su falda, mojaba
las yemas y se las acercaba a los labios. Sentía el inconfundible olor
del sexo y degustaba con la punta de la lengua ese néctar divino.
Cerraba los ojos y recordaba los embites de cadera de su amante y los
suyos propias. Los gemidos creciendo en su pecho y llenando la
habitación. Las palabras entrecortadas pidiendo más ardor y las de su
hombre enardecido, perdiendo el control y gruñendo al descargarse en su
cálido y húmedo nido.
Luego apuraba su café y se marchaba, dejando en el local una
presencia etérea, intangible que hacía removerse a la comunidad
masculina que pronunciaba por lo bajo frases apreciativas y a menudo
bastante obscenas sobre lo que harían si tuvieran oportunidad de pasar
cinco minutos con ella.
Pero ella elegía sus amantes con cuidado exquisito. El ser
sexualmente muy activa no significaba que se fuera indiscriminadamente a
la cama con cualquier tipo. Prefería usar sus juguetes, regalo de sus
amantes o comprados por ella misma como conocedora y buena cliente de
las sex shops de la ciudad, antes que hacer un regalo inmerecido a un
amante torpe. Despreciaba las medidas y la mera fogosidad porque solían
llevar a los hombres a una estúpida egolatría de su verga, resultando
una erupción instantánea que no podía prolongar el encuentro y atender a
sus prolongadas necesidades a lo largo de una velada.
Situaba en primer lugar la imaginación, la capacidad de crear morbo y
deseo y, desde luego, el descaro y un cierto cinismo al abordar el sexo,
pero sin caer en la grosería y la vulgaridad. Provocarle una excitación
irresistible, llevarla y mantenerla al borde de un orgasmo solo con una
mirada, una insinuación, una alusión velada, un leve roce era el arte de
los auténticos maestros del sexo que ella buscaba. Dilatar el encuentro,
tensar la situación, como el arquero lleva la cuerda hasta sus labios y
siente el tacto del empenaje de la flecha mientras su mirada recorre el
camino hasta el blanco y demora el instante del disparo, saber adivinar
el ritmo y la intensidad adecuados, el momento de la ternura y el de la
pasión, llegando a la crueldad y la dominación si era preciso, eran
cualidades imprescindibles para enardecerla y llevarla a una excitación
que se mantenía durante horas y que exigía experiencia y firmeza en su
amante para sacar de ella una cadena interminable de orgasmos y deseo. |
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