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Fue entonces cuando se mudó a la casa donde se encontraban. Comenzó una
nueva vida, discreta, refinada pero sin excesivos lujos ni ostentación.
Hizo un viaje al extranjero de seis meses, a la vuelta del cual no
volvió apenas a frecuentar los que hasta entonces habían sido sus
círculos habituales. De ningún modo estaba dispuesta a "rehacer" su
vida en la forma en que la gente solía entenderlo después de una
separación, es decir, buscando desesperadamente una pareja con la que
reproducir el modelo anterior y los mismos errores que llevaran a la
ruptura. Se mantuvo alejada de los oportunistas que siempre habían
deseado meterla en su cama mientras estaba casada y que ahora intentaron
darle un revolcón con la pretensión de acompañarla en "estos momentos
difíciles que estarás pasando...".
Se planteó el asunto su abstinencia sexual de un modo pragmático. Y
la resolución para acaba con ella fue acudir a servicios profesionales y
perfectamente asépticos. Podía pagarse perfectamente cada quince días
una noche entera con un joven siempre distinto, experimentado, de
higiene garantizada, discreción y resultados altamente satisfactorios.
La agencia de "modelos" le proporcionaba información documentada de
los posibles compañeros. Prácticamente elegía sobre catálogo, con fotos
a todo color y descripciones de carácter, gustos y habilidades de cada
uno de los acompañantes. Hecha la elección efectuaba una llamada para
concertar la cita y se preparaba para una velada en la que ella era la
reina, el centro único de atención y en la que se lanzaba a tope a
satisfacer su ansia de sexo y todas las fantasías que quisiera cumplir.
Tener una polla mercenaria en su boca, su culo o su coño, o varias
simultáneamente, no le causaba ningún pesar, al contrario. Las exprimía
con la autoridad de la clienta que exige un rendimiento acorde al dinero
invertido y la seguridad del momento único con un profesional que
controla y sabe como satisfacer los gustos del que paga.
Pero un día decidió cambiar el menú. Y eligió a una mujer. Cuando
sonó el timbre y abrió la puerta supo instintivamente que la noche sería
inolvidable. Había elegido a una morena, delgada, de pecho pequeño, casi
infantil y pelo negro muy largo, más allá de la cintura. Mientras le
servía una copa a su chica de compañía valoraba positivamente su gusto
sobrio en el vestir. Un traje de chaqueta gris oscuro con falda de tubo
que alargaba aún más sus piernas rematadas con unos zapatos de altísimo
tacón de aguja y enfundadas en medias de color humo. La melena brillaba
con tonos azulados, suelta, casi agresiva, enmarcando una cara
enigmática y seria. Pero cuando sonreía sus dientes blancos y uniformes
iluminaban su gesto y transmitía una sensación de tranquilidad y relax.
Conectaron muy bien, charlando y apurando una botella de vino blanco.
Ella no estaba en absoluto nerviosa. Paladeaba el vino y se recreaba en
la situación y el momento, esperando tranquilamente a que su acompañante
tomara la iniciativa. No se consideraba lesbiana, pero era consciente
del atractivo casi primario de la mujer que estaba sentada frente a
ella, con las piernas cruzadas, mostrando unos muslos finos y fuertes,
dejando oscilar cadenciosamente uno de sus zapatos, medio quitado,
sujeto con la punta del pie en un gesto casual.
No se preocupaba por lo que vería un hombre en ella para desearla
sino en que su tanga estaba húmedo hace rato por la promesa del placer
que daría y recibiría de ella. A través de la pequeña prenda podía casi
sentir un intercambio de energía, sutil, osmótico, con la belleza
morena. En un momento se concentró en lo que se antojaba un juego
infantil: comunicarse con la mujer desde su centro, desde su sexo, desde
su coño húmedo. Y lo que parecía imposible, absurdo, se produjo. La
mujer calló un instante, sonrió y dejó la copa en la mesa junto al sofá.
Se levantó lentamente y comenzó a desabrochar su chaqueta, mirando
fijamente a su anfitriona como diciendo, "voy a cumplir la orden que no
has pronunciado pero que ha llegado a mí con toda claridad...".
La chaqueta quedó sobre los cojines del sofá. Siguió el mismo camino
la camisa de seda y la falda de tubo. Se quitó los zapatos y se acercó a
ella de puntillas, oscilando sus caderas hasta pararse delante.
Un pequeño top de piel de ángel marcaba sus curvas y sus senos breves
mucho mejor que si hubiera estado desnuda. El elegante brillo de la tela
y la sensación de tacto sedoso invitaban a dejarla puesta más que a
despojarla de ella. Unas braguitas amplias, como pantaloncitos, del
mismo material pero muy altas en los laterales. Unas medias con liga y
un elaborado diseño de blonda, llegaban hasta medio muslo.
Y un aroma tenue que llegaba desde su cuerpo embriagando los
sentidos, saltando las últimas barreras mentales, atrayendo, inclinando
a la caricia y al contacto de las pieles.
Ella misma tomó su camisola desde abajo, con sus largos dedos, y fue
subiéndola hasta sacarla por la cabeza. Los pequeños pezones apuntaban a
la anfitriona con insolencia. Los pechos apenas sobresalían, como los de
un muchacho, pero esa apariencia andrógina era una mera fachada. El
cuerpo entero proclamaba con rotundidad una feminidad exótica y salvaje.
La anfitriona tomó la cinturilla de las bragas y las bajó muy
lentamente. Aprovechó para sentir levemente el roce con la parte alta
del muslo y las medias. La mujer apenas se movió. Se limitó a levantar
los pies alternativamente para permitirle deshacerse de la prenda
íntima.
Ante la señora aparecía un cuerpo magnífico, como un junco,
tremendamente sensual. El coñito, depilado cuidadosamente, hacía un
mohín vertical con inesperadamente gruesos labios en un cuerpo tan
delgado. La mujer los separó con sus manos mientras colocaba las
rodillas en el sofá, a cada lado de la anfitriona, dejando su intimidad
a la altura de su boca.
Miró directamente a sus ojos, brillantes de deseo, sin perder su
enigmática sonrisa. Agitó levemente su cabeza, como sacudida por una
corriente, coincidiendo con una caricia furtiva sobre su clítoris. Su
melena se desparramó silenciosamente sobre sus hombros y cayó hacia
delante, ocultando en parte sus senos.
La anfitriona tomo las nalgas de la chica con sus manos, ahuecando
las palmas y recibiendo su carne. El tacto era delicioso. Como delicioso
fue el coñito de la chica cuando por fin unió sus labios a la sedosa
vulva y su lengua comenzó a explorar los caminos de Lesbos |