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A finales de junio, Javier le comentó que aprovechando el viaje de vacaciones de María Isabel en julio, quería venir a nuestra ciudad y tener algo con ella. Cristina volvió a insistirle que no iba a traicionar a su amiga y que lo olvidara. Efectivamente, sabía que María Isabel había elegido vacaciones en julio (nosotros teníamos agosto) y se iba con su marido a Puerto Rico, pero indudablemente, Cristina no quería traicionar a su amiga por mucha polla que aquel tipo tuviera.
No pudo aguantar más y le confesó a María Isabel lo que estaba pasando. Como le había dado el teléfono de ella (el de la oficina, no el de casa), cómo Javier la había estado llamando a espaldas de ella, cómo ella siempre se había negado, en fin todo.
Cristina se llevó la sorpresa de que María Isabel le respondió que agradecía su sinceridad pero que no le importaba. Según le comentó su amiga, ella sabía que Javier se lo haría con muchas, pues era un chico joven, soltero y no iba a estar solo con una casada como ella. Además, le dijo que no estaba dispuesta a perder a su marido y a sus hijos por un joven por mucha polla que tuviera. Que era solo un amante del que obtenía un buen placer de vez en cuando y lo más sorprendente, recomendó a Cristina que lo probara, que ya vería como disfrutaba.
Como ya digo, Cristina se sorprendió muchísimo. Continuaron la conversación, hablando la mitad en broma y la mitad en serio, pero el caso es que a Cristina le quedó claro que si se decidía, a su amiga no le iba a importar ni iba a sentirse traicionada.
Así que, cuando Javier volvió a llamar a Cristina al día siguiente, para insistir una vez más, se encontró con la sorpresa de que Cristina le dijo que bueno, que se viniera en julio a nuestra ciudad y podían tener algo. Quedó todo planeado para el primer fin de semana de julio. Por supuesto, a Cristina le faltó tiempo para comentárselo a su amiga, encontrándose con la sonrisa de esta diciéndole que se preparara que iba a disfrutar como una loca.
Y por supuesto también, Cristina lo habló conmigo. Me comentó el tema. Lo cierto es que algunos comentarios ya me había hecho: la ilusión de María Isabel, cuando lo había conocido, como le llamaba y ella no quería traicionar a su amiga, en fin, un poco lo que les he contado, pero esta vez, me lo comentó para decirme que iba a quedar con él. Por supuesto yo le pregunté si lo tenía seguro y su respuesta fue que en el caso de que lo hiciera desplazarse a nuestra ciudad no iba a ser para después decirle no, salvo que la insultara o pegara o cualquier cosa así.
Hablamos sobre el asunto y puesto que iba a venir aquel fin de semana pensamos como iba a ser el asunto. El iba a venir de hotel y por supuesto, Cristina podía ir al hotel como hacía María Isabel, pero entonces, yo no podría verlos y siempre que pudiera ser me apetecía. Podíamos traerlo a casa y yo quedarme en el rinconcito de siempre donde puedo observar sin ser visto, aunque no deja de entrañar cierto riesgo. Pero entonces, a mi se me ocurrió que por qué no, que por qué no podíamos decírselo. Cristina dudó. Hacerlo así claramente conmigo al descubierto, nunca lo habíamos hecho y además, tampoco sabía cual podía ser la reacción de Javier. Yo le dije que él lo que quería era follarla y que con tal de conseguirlo, qué le podría importar que yo viera o dejara de ver si conseguía lo que quería y también le dije que era un desconocido, que vivía en otra ciudad, que no conocía a nuestros amigos y que por lo tanto, qué más daba que lo supiera o no. Cristina me comentó que conocía a María Isabel y por lo tanto, podía descubrirlo ante ella. Yo le respondí que si se lo pedíamos, quizás el tipo aceptara no comentárselo y guardar nuestro secreto y que en el peor de los casos, que María Isabel supiera, pues tampoco era tan grave ya que nosotros también conocíamos sus infidelidades y por tanto, por su propio interés, se vería obligada a guardar silencio. Le hice ver que merecía la pena correr el riesgo y al final, Cristina aceptó.
Así que el día que llegó Javier y la llamó quedando en la cafetería del hotel donde se hospedaba, yo fui con Cristina. La dije que yo me quedaría en la barra mientras ella se lo explicaba y que luego, cuando me hiciera una seña me llamaría. Así fue.
Llegamos al hotel, preguntamos por la cafetería y allí estaba Javier. Yo me dirigí a la barra y Cristina se sentó con él. Cristina llevaba aquel día la minifalda negra tableada que en tantas ocasiones de éstas se ponía y un polo amarillo de tirantes muy anchos, que dejaban sus brazos al aire libre. De ropa interior iba de negro como suele ir a menudo cuando queda con alguien, con unas braguitas de esas de raso que tanto usa y que son suavísimas.
Tras saludar a Javier, se sentaron y estuvieron un rato hablando. Durante ese tiempo, Cristina le estuvo un poco explicando la situación de nuestra pareja, cómo disfrutábamos los dos de estas cosas y bueno, explicándole todo. Javier hacía gestos con la cabeza asintiendo y moviendo los hombros cuando hablaba. Me pareció que tenía la pinta de estarle diciendo que no le importaba como así fue. Poco después, Cristina le explicó que su marido estaba allí y me hizo un gesto para que fuera.