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Entonces unas voces de mujer le hicieron olvidar la llave: - ¡Por favor, buena mujer, libéranos! Miró a su izquierda y advirtió que había una puerta con un pequeño ventanuco con barrotes. Algunas jóvenes le suplicaban ayuda desde dentro de lo que parecía, y era, una celda. - ¿Por qué estáis ahí, pobres muchachas? - Mi señora, somos jóvenes como tú, pero ese monstruoso conde nos ha secuestrado y encerrado aquí, y saca de vez en cuando a alguna de nosotras para que veamos cómo la tortura cruelmente. Esa desdichada que has visto es mi prima y nos espera el mismo destino a todas si no nos liberas. Griselda se sentía conmovida y, desde luego, quería liberar cuanto antes a aquellas pobrecillas, pero ninguna de las llaves abría la celda. Esa llave no estaba en el manojo sino que debía guardarla su esposo con él. - Lo siento, ahora no puedo abrir la puerta. Pero os prometo que volveré para liberaros – les prometió, y se fue, seguida por las lamentaciones y súplicas de las prisioneras.
Lo primero que hizo Griselda fue tratar de eliminar la mancha roja de la llave dorada. Frotó fuertemente y la mancha desapareció, para aparecer de nuevo en pocos segundos. Frotó una segunda, una tercera y muchas más veces y siempre ocurría lo mismo. Griselda tuvo que hacer grandes esfuerzos para comportarse esa noche con toda naturalidad con su marido, esfuerzos que no sirvieron de nada, porque los fríos ojos del conde eran astutos y detectaban enseguida la mentira. - ¿Has visto la habitación prohibida? – le preguntó exigente. - Yo no he estado allí... Me ordenaste que no utilizara la llave dorada y no lo he hecho. Créeme, no te engaño. - Cállate y muéstrame la llave – le ordenó. El pánico se apoderó del corazón de Griselda y quiso ocultar el manojo de las llaves, pero el conde agarró su muñeca y la retorció rudamente hasta que, con un lamento, lo soltara. Se inclinó Barbazul para coger el manojo de llaves y cuando lo levantó, Griselda lo vio como nunca lo había visto. Sus ojos brillaban como los de un lobo y su rostro estaba tan enrojecido que se podían distinguir en él las venas. - ¡Mujer embustera! ¡Has ido sin mi permiso y ahora quieres engañarme! Dime, ¿has visto lo que hay allí? Ella no dijo nada pero él lo adivinaba todo. - Leo en tus ojos que lo has visto... como todas mis anteriores esposas. Ahora sabrás qué ocurrió con ellas... Griselda quiso escapar pero él la agarró con sus brazos fuertes y, después de amordazarla para que no alertase a todo el castillo, la llevó por la fuerza hasta la cámara prohibida.
Las jóvenes prisioneras se estremecieron de horror viendo que su verdugo llegaba con una nueva víctima y que ésta no era otra que la mujer que tratara de liberarlas antes. Barbazul la traía arrastras y sin importarle sus chillidos. Luego la llevó hasta el muro, soltó los grilletes que sujetaban el cuerpo frío de la víctima anterior y lo echó a un lado para encadenar a Griselda en su lugar. Luego con un cuchillo de caza rasgó su vestido hasta dejarla completamente desnuda. Griselda gemía y pedía clemencia pero a él le eran indiferentes sus gemidos. Lo que sí atraía su atención era su cuerpo, porque podía admirar sus hombros bien formados y su espalda perfecta, que terminaba en un culo redondo y delicioso, y sus hermosos muslos y tobillos. Le parecía ahora más adorable que nunca y, si bien se sentía furioso por la traición, al mismo tiempo se sentía encantado por el placer que le esperaba. No había ningún remordimiento porque ella lo había buscado: no le gustaban las mujeres curiosas y entrometidas que no respetaban sus "aficiones". - ¡Por favor, dejadme ir! ¡Devolvedme a mi padre y no contaré nada! – suplicó ella, ya sin la mordaza. Barbazul fue a un arcón de madera que había en la celda y extrajo una vara de fresno, dura y flexible, que servía muy bien para comenzar sus juegos. - ¡Os lo ruego! ¡Tened piedad...! Ahhh Un golpe firme en las nalgas sirvió para que, por fin, callase. Siguieron más golpes en las nalgas y Griselda ya no hablaba sino que gemía a cada nuevo varazo. No se había apagado un lamento y él volvía a golpearla porque oírlos le excitaba sobremanera, como también le excitaban los lamentos de sus prisioneras que apenas podían soportar ver lo que hacía con aquella mujer. |
| Continuara... |
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